De la felicidad a la adversidad

Tenía 5 años, y regresaba de un paseo al campo. Habíamos disfrutamos del almuerzo, de la brisa pura del campo, de los extensos terrenos que parecían no tener fin, y del fuerte sonido que provocaba el río en los alrededores. El día en Vilcabamba transcurrió lleno de alegría, realizando actividades propias del lugar como recolectar frutos y montar a caballo, aquí los más arriesgados competían en carreras. Hasta adelantamos el carnaval, nos mojamos, arrojamos espuma para finalmente tomarnos varias fotos para recordar.


Volvía feliz con mi familia en 3 vehículos, mi mamá y yo veníamos en el último, el de mis tíos, cuando de pronto un conductor en estado de ebriedad, salió de la nada, ni siquiera sé de donde vino, sólo recuerdo como en cámara lenta la imagen del otro carro viniendo hacia nosotros. Me encontraba en el asiento de adelante y mi mamá atrás, ella por intentar salvarme recibió un fuerte golpe y yo a mis cortos años observaba atónita y paralizada la imagen de niñas de mi edad cayendo al parabrisas, por el enorme impacto del accidente y debido a que se encontraban en la parte de atrás del vehículo doble cabina.
Luego todo parecía una película de terror, el conductor del otro vehículo tratando de huir, y la policía persiguiéndolo, mi mamá y mis tías heridas, siendo atendidas por personas del lugar y familiares hasta que llegue ayuda médica, niñas heridas y personas que no recuerdo ni quiénes eran tapándome los ojos para que no viera lo que sucedía.
Por suerte yo fui quien salió en parte ilesa de esa pesadilla, solo con algunos golpes y raspones, ya que tenía puesto el cinturón de seguridad, pero nadie podía hacerme olvidar lo que miré. En ese momento, experimente algo que hasta hoy no se ha vuelto a repetir, “el no poder hablar”, estaba estática, en shock y por una hora o más, solo caían de mis ojos lágrimas.
Lo que más me importaba era mi mamá y el sólo hecho de pensar en perderla me atormentaba y me hacía sufrir demasiado. Cuando luego me dijeron que estaba fuera de peligro, fue quizá el mayor alivio que he sentido en mi vida.
Era una niña y por algún tiempo tuve pesadillas varias noches. Muchos dicen que un accidente con el tiempo se olvida, y en parte sí, uno llega a superar en gran medida los miedos que tuvo luego de este, más aún 14 años después, pero algo inevitable es pasar por el lugar del accidente y recordar otra vez las horribles imágenes de aquel día.
Hay veces en las que me doy cuenta que, algunas cosas bonitas que me sucedieron cuando tenía 5 años, no las recuerdo, en la mente de un niño se quedan las vivencias que mayor impacto han tenido en su vida. Aunque he superado aquel día, siempre existe un miedo al emprender un viaje

Por: Geovanna Salazar
geosalazarvallejo@gmail.com

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